APIs, el trabajo técnico entre bambalinas

 

A estas alturas de la película es muy probable que hayas oído y leído mucho -quizá demasiado- sobre API, apificación, API economy, etc. Y, es lógico, incluso que hayamos llegado a un nivel de saturación importante sin tener siquiera demasiado claro qué es una API, para qué sirve realmente, qué posibilidades ofrece a las organizaciones de todo tipo -en clave de negocio-, etc.

Por eso hoy, mi propuesta se centra en un planteamiento muy sencillo. Imagina un enchufe y la electricidad , o la televisión y el mando a distancia. Pues eso: dos elementos que se comunican y se entienden perfectamente.

Si llevamos el símil a la comunicación en el mundo IT, una Interfaz de Programación de Aplicaciones es, en realidad, un contrato tecnológico para el intercambio de información entre dos sistemas informáticos. Igual que el enchufe permite conectarnos a la red eléctrica sin preocuparnos de conocer el cableado del edificio y con la garantía del suministro que vamos a recibir (voltaje, fase, etc.), un API permite acceder a otro sistema conforme a un acuerdo entre ambas partes, sin necesidad de que la aplicación consumidora conozca los detalles del sistema al que accede. Sin APIs, una aplicación de banca que consultase el saldo de un cliente sólo podría realizarse desde dentro del mismo banco y con acceso muy cercanos a los equipos que han desarrollado y mantienen ese sistema.

De prohibir a compartir

Hasta hace pocos años, las empresas y, casi diría también, la sociedad en general tenía una actitud muy cerrada respecto a su política de datos. Es decir, la pauta era proteger la privacidad y la propiedad de la información. No se comparte nada, no se permiten accesos a los datos, y, por supuesto, se ejerce un control férreo sobre todo lo que tenga que ver con ellos. El marco legal también iba en esa línea excesivamente proteccionista.

Pero llegó la transformación digital. Y las redes sociales, y un montón de dispositivos electrónicos nos invadieron. Los portátiles primero y, después, las tablets, los smartphones, y los wearables como los smartwatches o las pulseras de actividad o toda suerte de gadgets tecnológicos que hoy nos permiten hacer casi de todo, tanto en el ámbito doméstico como en el entorno profesional.  La consolidación de las apps y del comercio electrónico, la aparición de plataformas en prácticamente todos los sectores desde retail, hasta finanzas, pasando por comunicación, transporte o seguros … y el impulso de tecnologías emergentes como IoT, Big Data o, incluso, la propia nube. Y la cosa cambió. Las APIs, dejaron de ser cerradas  impulsando con ello, un cambio de paradigma.

Las empresas se transformaron porque el consumidor se transformó. Y, como en realidad había una asincronía entre la velocidad de unos y otros, las empresas decidieron pisar el acelerador para responder a los requerimientos de un usuario cada vez más exigente. Por eso, miraron con muy buenos ojos la posibilidad de acelerar sus proyectos, utilizando el trabajo, o la innovación que podían elaborar otros accediendo de forma controlada a sus recursos mediante APIs.

Pero en la vida real pocas cosas son gratis, por lo que idearon diferentes fórmulas para que todos ganaran. Los desarrolladores o las empresas que programan y las que ceden sus datos a terceros. Por supuesto, también el consumidor final. Es decir, estamos ante una espiral de negocio que crece exponencialmente porque las necesidades y los negocios de unos se retroalimentan con las de los otros. Podríamos decir -salvando las distancias, claro- que la economía de la apificación nos acerca más a lo que entendemos como una economía colaborativa– ¡Ojo! colaborativa pero también capitalista, porque, al final, se trata de monetizar el uso de las APIs, buscando -claro- la mayor rentabilidad posible para todos.

En definitiva, la digitalización de la sociedad ha hecho cambiar también la visión de las empresas que, ahora valoran en positivo, la transparencia, la compartición, la interconexión o la colaboración con terceros, siempre y cuando, primero, se garanticen todas las medidas de protección necesarias y, segundo, se obtengan beneficios por ello (bien por monetización directa o bien por otros beneficios más intangibles). O, dicho de otro modo: las organizaciones de la economía digital apuestan por crear un ecosistema de productos y servicios alrededor de su oferta y con ello, potenciar su atractivo y su alcance, aunque para hacerlo tengan que aceptar que un tercero desarrolle un nuevo negocio con sus datos. Datos que este último explotará y rentabilizará directamente, con la pérdida de control que implica para el primero dejar de tener cautivos los datos de sus clientes.

Gestionar las APIs, ahí está el quiz de la cuestión

En realidad, gracias a la madurez tecnológica existente, crear una API es relativamente sencillo. La dificultad se presenta a la hora de explotarla y, gestionarla para construir un modelo de negocio eficiente sin morir en el intento. Está claro que las organizaciones necesitan una nueva forma de conectar sus servicios -hacia fuera pero también de cara al consumo interno- bajo una nueva arquitectura digital. También necesitan un nuevo modelo de desarrollo de servicios, pero para hacerlo con garantías deben orquestar un plan y una estrategia que apueste por el win to win y, por supuesto, por el crecimiento sostenible. Recuerda que las APIs abren la puerta a un universo de oportunidades. Pero esas oportunidades hay que poder gestionarlas con eficiencia si no queremos obtener el efecto contrario al deseado, o sea, la degradación del servicio, la falta de control sobre la utilización de las APIs o, incluso, la generación de brechas de seguridad respecto a los datos.

La clave para establecer una política óptima de apificación está en gestionar adecuadamente el proceso de publicar, promover y supervisar todos los interfaces de programación de aplicaciones en un entorno seguro y escalable. Esta es una percepción generalizada en el mercado -no es mía- y resume a la perfección cual es la clave para ejercer una gestión eficiente. Para seguir con las explicaciones sencillas, se trata de controlar el desarrollo de las APIs, monitorizar su uso por parte de terceros, establecer permisos de acceso -quién entra, en qué condiciones, qué ratios de consumo, …-, diseñar modelos y sistemas de monetización -suscripciones, cobro y/o pago por uso- y salvaguardar la seguridad. Y todo, sin dejar de lado al usuario final que, por supuesto, tiene que tener el poder de controlar quién accede a sus datos y denegar o revocar el acceso en cualquier momento.

Por lo tanto, si te preguntas por las ventajas que aportan las APIs al contexto general del mercado, tanto dentro como fuera de las empresas e instituciones te las resumo en los siguientes puntos:

  • Impulsa la innovación interna y la aportación de valor, reduciendo los costes
  • Optimiza los recursos y, al poder monitorizar los resultados, minimiza los riesgos
  • Favorece la generación de nuevos modelos de negocio
  • Reduce el time to market
  • Mejora la experiencia de cliente y aprovecha todo el potencial de la omnicanalidad
  • Proporciona productos y servicios más personalizados lo que, a su vez, permite a la organización expandir o contraer su oferta, algo que, sin duda, repercute en el incremento de las ventas.

Las APIs están por todas partes

Hoy por hoy, prácticamente todos los sectores de actividad están inundados de APIs. Por supuesto, como usuarios ni siquiera nos percatamos de que están ahí, pero su contribución permite que nuestra experiencia sea satisfactoria cuando compramos online unas entradas de cine o un billete de avión, cuando reservamos un hotel desde la web de una agencia de viajes, cuando buscamos una localización en Google Maps -los servicios de taxi recurren a esta API con asiduidad-, o cuando contratamos un seguro de hogar a través de un comparador que realiza búsquedas en todas las compañías aseguradoras, se conecta a la entidad bancaria a través de los servidores seguros para validar los datos de la tarjeta de crédito del comprador, y completa la transacción.

En realidad, las APIs. son una manera, cada vez más generalizada, de proporcionar servicios o productos a través de canales diferentes y, por supuesto, una forma de impulsar la colaboración entre compañías. Por ejemplo: entre empresas de financiación y retailers como Amazon que, además de ofrecer, un producto o servicio, proporcionan también servicios de financiación en el mismo proceso de venta.

Pero las APIs no solo operan en el sector privado. La Administración Pública está poco a poco abriendo sus datos a través de las APIs lo que impulsará la comunicación, la colaboración y la interoperatividad entre los distintos organismos públicos, agilizando procedimientos y mejorando, de verdad, la calidad del servicio que presta a los ciudadanos. Son, por tanto, pieza clave para acelerar todos los procesos relacionados con el e-government.

De dónde venimos y hacia dónde vamos

Pasado el primer momento de eclosión de la apertura de las APIs (y su correspondiente gestión) a consumidores externos, hoy su evolución dibuja un futuro prometedor asociado al entorno de tecnologías emergentes como IoT o IA, entre otras, donde sus posibilidades son, realmente infinitas. Y, quizá, por ser un poco más concretos, uno de los itinerarios de progresión de las APIs está en su evolución de contratos para ser entendidos por humanos (los desarrolladores de las APIs y los desarrolladores de las aplicaciones que las consumen) a APIs pensadas y optimizadas para ser consumidas por agentes inteligentes. Estos agentes inteligentes cada vez tienen mayor capacidad para procesar el lenguaje natural y entender cuando queremos realizar una reserva en un restaurante, consultar el saldo de nuestra cuenta, etc. Y cuando quieran realizar esas acciones tendrán que utilizar, entre bambalinas, APIs. Pero, si conseguimos que estas interacciones sean totalmente máquina-máquina sin intervención humana ¿tiene sentido que las APIs estén pensadas para ser usadas por un desarrollador humano como hoy en día o sería conveniente que estas IAs encontrasen sus propios mecanismos de comunicación y descubrimiento de servicios? Hoy puede parecer ciencia ficción, pero en el futuro podrían aparecer escenarios en los que pedimos a un agente inteligente que queremos reservar un hotel y este autodescubra que sistemas le permiten la reserva y se comunica con ellos sin necesidad de la intervención de un programador humano para usar el API correspondiente: Las máquinas habrán aprendido a hablar entre ellas.

Sebastián Blanes

Gerente “API Management”

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